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Siete Sopas – 24 horas

A proposito del estudio realizado por New Circus para la creación de la marca Siete Sopas – 24 horas, queremos brindar un reconocimiento especial a un plato que forma parte de la mesa de todo buen peruano: el caldo de gallina.

Corrían los años cincuenta, tiempos en que el Perú experimentaba una buena actividad económica. Se construían carreteras, edificios tanto públicos como privados, hospitales y complejos de vivienda. Dada la oferta de puestos de trabajo en la capital, se empezó a generalizar el proceso de migración de la ciudad desde el campo.

Es en el mercado mayorista de La Victoria, comunmente conocido como La Parada, donde empiezan a aparecer puestos en los que se servía este suculento plato. En sus inicios, su preparación era sumamente sencilla. Bastaba hervir una gallina durante horas en una olla y sumarle fideos largos, kión y huevo.

Los primeros comensales fueron los cargadores del mercado y los comerciantes de la zona. Poco a poco se sumaron trabajadores nocturnos y personas que salían al amanecer de alguna celebración. Y es que en aquellos tiempos las madrugadas constituían el punto de encuentro de estos públicos. Una necesidad social había traído a la mesa un plato que por entonces tenía condiciones de marginal.

Las instalaciones que estas cocineras improvisaron en un inicio, evolucionaron a las famosas carpas de color verde fosforecente, que hasta ahora podemos ver -aunque ya muy pocas- en distintos distritos de nuestra capital. Era habitual encontrarlas hasta en los años ochenta por distintas avenidas del centro de Lima. Estas carpas fueron el lugar obligado de quienes querían recuperar fuerzas antes de empezar un nuevo día.

Fue así que nuestro caldo experimentó un gran apogeo, que culminó en los años setenta, tiempo en que ya teníamos una Lima en la que convivían tanto limeños como inmigrantes andinos. Sin querer ambos se encargaron de extender esta popularidad hacia otras zonas menos humildes y el caldo de gallina alcanzó el posicionamiento de plato revitalizante.

La formalidad llegó a este negocio y pronto los dueños cambiaron las carpas por un local comercial de material noble. En los años ochentas, como resultado de la demanda de quienes fueron los responsables de su éxito, llegarían los locales con letreros “Caldo de Gallina 24 Horas”. La venta de caldo de gallina se había sofisticado.

Más allá de todas las propiedades que se le han atribuido, nuestro caldo de gallina peruano es un plato emblemático. Es el obligado acompañante de las jornadas de diversión, de amanecidas de trabajo, de los inviernos limeños. Y es que esta sustancia que nos regala una verdadera gallina de corral ha hecho del caldo de gallina un plato que reúne a los peruanos y que es producto del esfuerzo de una ciudad que ha querido surgir en medio de la adversidad.

Disfrutemos un caldo de gallina en nombre de todos aquellos quienes le dieron forma y le agregaron sus mejores esencias.

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